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 Marido Ideal

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MensajeTema: Marido Ideal   Mar Nov 11, 2014 5:55 am

MARIDO IDEAL  

Capítulo 1

NO debería ser difícil decírselo, pensaba Marizza, tratando de mantenerse tranquila. Momentos después escuchó el sonido del motor del Peugot, las dos puertas cerrarse, y la voz de Lucia contrastada por la voz masculina y profunda de Pablo.
Marizza dio un suspiro profundo. Llego el momento de la verdad. Sacó una bandeja de galletitas del horno.
Entonces la puerta se abrió y entró Lucia con la cara y los ojos brillantes, y el pelo  castaño  claro sedoso saliendo de la capucha de su campera.
—Mamá, hemos estado montando a caballo, ¡ha sido muy divertido! La señora dijo que lo hacía muy bien. ¿Me podías comprar un caballo para mí?
Lucia, una niña alta para sus diez años, entró seguida por su padre, y Marizza pensó, como muchas otras veces, lo mucho que se parecían, con aquel cabello claro y los ojos de color azul brillante, incluso Lucia se parecía en sus modales. Por supuesto, nunca tendría la seguridad masculina de Pablo, implícita en cada movimiento. Ni siquiera cuando estaba quieto podía evitar irradiar una sutil sexualidad que era un desafío para cualquier mujer que se hallara cerca.
Marizza encontró la mirada divertida del hombre sobre la cabeza de Lucia. La pequeña habitación, pintada de amarillo, se había caldeado con el calor de la cocina, y el hombre se bajó la cremallera de su chaqueta mientras cerraba la puerta para evitar que entrara el viento de la calle, ya que estábamos en plena ola de frio polar en Buenos Aires.—Tener un pony es una responsabilidad muy grande, Lucia. Y es muy caro, además, tampoco tenemos un lugar apropiado.
La casa de dos habitaciones, emplazada en las afueras de la ciudad, no era ni siquiera lo suficientemente grande como para que tuvieran perro.
Parte del brillo de la cara de Lucia se borró.
—Podemos encontrar un sitio y yo lo cuidaría. Yo cuido de Ruffles.
—Un gato es muy diferente de un caballo —apuntó Marizza.
—¿Por qué?
Pablo se apoyó sobre la mesa y tomó un galletita.
—Sobre todo, porque es más grande, pero podemos hablar sobre ello cuando tengas un poco más de práctica, Lu —declaró Pablo. Luego se dirigió a Marizza señalando la galletita—. Está muy bueno.
—¿Puedo comerme uno? —preguntó Lucia.
—Todavía no están fríos —protestó Marizza, mirando a Pablo con impaciencia—, los acabo de sacar del horno.
—Es cuando mejor saben —dijo Pablo, y tomó otro para dárselo a Lucia—. ¡Toma!
Lucia lo tomó, riendo y dirigiéndole una mirada mitad culpable, mitad triunfante mientras lo comía.
—¿Quieres un café? —preguntó Marizza a Pablo.
Pablo, con la boca llena, no pudo hacer otra cosa que asentir, apartándose a un lado para que ella alcanzara la cafetera.
—Siéntate —ofreció Lucia—. Lu, cuando termines, quítate la campera y ponte a hacer los deberes.
—Los haré después.
—No; ahora. Te dije que si no los hacías el viernes por la tarde, tendrías que hacerlos el domingo por la tarde.
—Los haré después del té.
—Después estarás cansada.
—Pero papá...
—Quiero hablar con tu padre —insistió firmemente Marizza—. Haz los deberes.
Lucia  hizo una mueca y se dirigió hacia la puerta. Luego volvió y dio un abrazo a Pablo. Pablo la miró sonriente.
—Un galletita no va a hacerle ningún mal —dijo Pablo a Marizza. Marizza sirvió los dos cafés y los dejó en la mesa. Pablo se había quitado la chaqueta, y la colgó en el respaldo de la silla antes de sentarse. Con aquellos pantalones vaqueros gastados, los puños de la camisa de algodón arremangado, y el cuello desabrochado, su aspecto se acercaba más a un trabajador manual que al director de una empresa que marchaba viento en popa.
—Me vas a regañar? —preguntó con un tono de voz entre impaciente y solemne—. No pretendía poner en entredicho tu autoridad.
No era eso de lo que ella quería hablarle, pero le contestó.
—La estás mimando mucho.
—Yo no lo veo así —declaró, con la misma expresión de Lucia  cuando se ponía cabezota.
—¿Cómo lo ves tú? —quiso saber Marizza, respirando resignada.
—No puedo estar con ella todos los días, como tú, así que intento recuperar el tiempo de alguna manera cuando estamos juntos —explicó Pablo, encogiéndose de hombros.
—¿Dejándola que tenga todo lo que quiere? —preguntó secamente.
—Enseñándole que la cuido lo mejor que puedo.
—La manera de demostrárselo no es darle todos los caprichos.
—No hago eso —afirmó con exasperación—, también yo he leído algunos libros de psicología infantil. Lucia no es una niña caprichosa, ¿por qué negarle algo sensato si puedo permitírselo?
—No estoy hablando del ordenador o la bicicleta.
Habían tenido una pequeña discusión cuando Pablo los había comprado.
—De acuerdo, ¿estamos hablando de una galletita?
—Por supuesto que no, sólo es que tú...
Ella no quería que la conversación hubiera seguido esos derroteros, había querido tomar una taza de café y una galletita, mientras hablaban de cualquier cosa, y entonces decir: «A propósito...»
Se levantó y tomó una docena de galletitas, los puso en un plato y se sentó.
—¿La bandera de la paz? —preguntó Pablo, mirando el plato—. ¿O seguimos discutiendo?
—Ninguna de los dos cosas. Sírvete tú mismo —contestó, sonriendo sin ganas.
—Me gusta verla disfrutar de las cosas. Me imagino que no piensas que es malo que se divierta, ¿no es así?
—Está muy bien que la trates como si fueras su compañero de juegos y como a una mascota. Pero alguien tiene que imponer algo de disciplina en su vida.
Pablo dejó la taza y sus ojos se hicieron más oscuros.
—¿Por ejemplo tú?
—No hay nadie más, ¿no? —preguntó Marizza, sus ojos de garza lo miraron con resentimiento.
—Siempre dijiste que serías capaz de hacerlo tú sola... —afirmó Pablo, con el ceño fruncido.
—Y así ha sido durante diez años, pero parece ser que tú no estás de acuerdo en cómo la he educado.
—Es una niña encantadora y todo se debe a ti. ¿Pero te importa si de vez en cuando yo intervengo?
Él había hecho mucho más que intervenir en la vida de Lucia.
—No —murmuró Marizza finalmente— por supuesto que no me importa.
—Estás enfadada hoy, no estás como siempre —dijo, observándola atentamente—. ¿Ha pasado algo?
Era su oportunidad, pero sonrió e intentó parecer contenta. ¡Estaba contenta!
—No, no ha pasado nada malo, es más bien lo contrario. Tengo que decirte algo, aunque Lucia  no lo sabe todavía, quería que lo supieras por mí... —se detuvo, intentando tomar aire.
—¿Qué es? —preguntó Pablo.
—Estoy planeando casarme.
Pablo se quedó inmóvil, mirándola con una expresión de confusión absoluta.
Luego se levantó bruscamente, apartó la silla y tomó la chaqueta.
—¿Que vas a qué?
Pablo parpadeó.
—Voy a casarme —repitió—. Me has oído bien.
—Lo he oído, pero no puedo creerlo —insistió Pablo, moviendo la cabeza como para aclarar las ideas.
—No veo por qué no, soy libre y tengo más de veintiún años, no tengo ninguna enfermedad contagiosa, y tengo todos mis dientes...
—¡De acuerdo! —interrumpió Pablo—. No intentaba insultarte.
—¡Bien, pues dímelo cuando vayas a hacerlo y así veré la diferencia!
Pablo soltó una carcajada forzada.
—Era únicamente que... no lo esperaba —declaró, sentándose de nuevo. Los ojos parecían negros, por la intensidad con que la miraba—. ¿Y quién... es el afortunado?
Marizza respiró profundamente. Lo peor había pasado.
—Su nombre es Tomas Ezcurra, es abogado.
-Lucia nunca me ha hablado de el. ¿Cuánto hace que lo conoces?
—Lo conocí hace dos años. Era el amigo de una amiga.
—Y ahora es tu amigo, ¿no es eso? Tu... prometido.
—No es todavía oficial, hay problemas.
—¿Qué tipo de problemas?
—Por una parte, Lucia tiene que acostumbrarse a la idea, y Tomas tiene una hija de dieciséis años...
—¿Cuántos años tiene Tomas?
—Treinta y nueve. Es...
—¡Es demasiado mayor para ti!
—Yo no lo creo. Además, eso no tiene mucha importancia.
—¿Vas a casarte con alguien que tiene casi cuarenta años y no te parece importante?
—Yo tengo casi treinta.
—No, todavía no, yo ni siquiera los tengo. ¡Te lleva doce años!
—Once. Da igual, el problema es que necesito tu ayuda.
—¡Caramba! Pero espera un minuto, ¿qué ha pasado con la madre de esa chica de dieciséis años? ¿Está divorciado?
—Murió y Tomas  tuvo que educar el mismo a  Brenda.
—¿Y ella vive con él?
—Por supuesto, él es su padre.
—Yo soy el padre de Lucia.
—Eso es diferente.
—¿Si? Creí que sólo había una manera de ser padre. Si dejamos a un lado los experimentos en laboratorios.
—Tú me entiendes.
—Ya, quieres decir que nosotros no estábamos casados, sabes que la oferta sigue en pie.
—¡No, gracias! —dijo Marizza con convicción, y vio la rabia repentina en los ojos del hombre—. Ya lo hemos discutido.
—Hace tiempo que no. Años incluso.
—Nada ha cambiado.
—Pero aparentemente sí, o va a cambiar. No puedes decirme que todo seguirá igual si vas a casarte con ese... Tomas.
—Por eso quería hablar contigo, no quiero que Lucia se sienta como que tiene que elegir entre tú y él. Quiero que tú la expliques que está bien tener un nuevo... padrastro.
Por un momento, Marizza tuvo miedo de que él no fuera a contestar. El hombre se levantó y se apoyó en la mesa, con un pie cruzado sobre el otro, y los pulgares metidos en el pantalón. Era una postura relajada, pero él no parecía relajado. Tenía el aspecto de un animal pensando en si atacar o no.
—No lo sé, no es tan sencillo.
Marizza se sintió molesta.
—Todo es por Lucia, ¿no te das cuenta? No habrá ningún cambio en tu relación con ella. Tomas sabe que la ves normalmente y no tiene ningún problema.
—Muy bien por él.
—Ni siquiera pensaría en casarme si él quisiera que dejaras de ver a Lucia —murmuró despacio Marizza—. Sabes que no haría nada que pudiera herirla.
—No lo harás. ¿Cómo sabes que él no lo hará?
—Porque no es ese tipo de persona, y para Lucia será bueno tener un hombre en la casa.
—Creí que estabas satisfecha con nuestro trato.
—Era lo mejor que podíamos hacer por ella, y ella te quiere —Marizza se calló unos segundos—. Pablo, no estás celoso, ¿verdad?
—¿Celoso? —repitió.
La miró con una expresión extraña de sorpresa, y sus ojos adquirieron un matiz opaco cuando miró de arriba abajo los pantalones anchos y la camiseta que cubrían un cuerpo que hacía tiempo había salido de la adolescencia, y que nunca había sido delgado, a pesar de que el volumen generoso de sus senos y sus caderas hacían parecer la cintura más pequeña de lo que era en realidad.
—Lucia te quiere. Tomas no quiere sustituirte de ninguna manera.
—Claro que quiere... —murmuró Pablo de manera casi lejana, la mirada todavía en su cuerpo, no en su cara—. Y en algo sí me sustituye...
Marizza, incómoda por la mirada inquisitiva, se levantó y llevó las tazas al fregadero.
—Sabes que es inútil.
Pablo permaneció apoyado en la mesa al lado de ella, observando detenidamente cómo lavaba las tazas.
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MensajeTema: Re: Marido Ideal   Jue Nov 13, 2014 6:29 am

Ya quiero saber que pasara publica pronto otro capitulo porfisss !!!
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MensajeTema: Marido Ideal cap 2 y 3   Lun Nov 24, 2014 6:06 am

Hola! Aca les dejo dos capítulos de esta novela. Espero que les guste.


Capitulo 2

Pablo seguía al lado mío, observándome mientras lavada las tasas..no sabia en que estaria pensando, cosa que me ponía mas inquieta aun.
—¿Le dijiste a Lucia que no me dijera nada de Tomas?
—¡No, claro que no!¿Por qué iba a hacerlo?
—Me parece un poco raro que no me haya dicho nada, viendo que estaban tan... juntos.
—Quizás te haya dicho algo y tú no te has dado cuenta, ella habla mucho.
—Es verdad, pero si ella hubiera mencionado a alguien especial yo lo habría notado —insistió Pablo, con una sonrisa repentina en la boca.
—No lo ha visto demasiadas veces, nos solemos ver cuando ella está contigo.
—¿Y no se lo cuentas?
—No siempre —contestó, ¿por qué se defendía?—. Ella no está demasiado interesada en lo que hago. Los niños son bastante egoístas.
Tomas había sugerido una o dos veces llevar a Lucia con ellos. Marizza había intentado esquivar educadamente una visita al zoo, diciendo que habían estado hacía poco tiempo, y asegurando que no le parecía una buena idea, y aunque la niña había disfrutado, especialmente con los animales que vivían en el agua, casi todos los comentarios que había hecho sobre los tiburones y otros animales, los había dirigido a su madre, y a Tomas le había contestado sólo con monosílabos.
Cuando Marizza había pedido a Tomas que fuera a comer, esperando que así conociera mejor a su hija, Lucia no había sido muy amable y había dicho enseguida que se aburría y quería irse a su cuarto a jugar.
—¿Te cae bien Tomas, Lucia? —había preguntado a Marizza, una vez que el hombre se hubo marchado.
—Me imagino que está bien, para ser un adulto —replicó, con ojos inocentes y sorprendidos.
—Yo creo que es muy amable —dijo Marizza cuidadosamente—. Le has gustado mucho.
Él había dicho que ella era una niña encantadora y muy educada.
—Es tu amigo, no el mío —declaró la niña con indiferencia—. ¿Podré jugar mañana con el puzzle cuando venga del colegio?
Y eso había sido todo lo que habían hablado sobre Tomas. Marizza se daba cuenta de que Lucia ignoraba el hecho de que Tomas era diferente de los otros amigos de su madre, oqueria hacerlo. Marizza sospechaba lo segundo y por eso quería la ayuda de Pablo.
—Quiero que le asegures que no va a cambiar en nada la relación entre vosotros.
—¿Cómo lo sabes? —replicó Pablo, ligeramente irritado.
Marizza se volvió con expresión confundida.
—¡Desde luego que tú no lo voy a permitir!
—Tal vez no tengas otra alternativa. ¿Crees que no va a cambiar nada si le das un padrastro a la Lucia mediante engaños?
—¡Yo no estoy dando un padrastro a Lucia con ningún engaño, lo estoy intentando hacer de la manera más sensata posible! ¡Por eso quería hablar contigo primero! Para que la ayudaras a aceptarlo.
—Has presupuesto demasiado.
—Había presupuesto que querías a Lucia y querrías lo mejor para ella.
Pablo dobló los brazos sobre el pecho. Entrecerró los ojos y su voz sonó cortante.
—Eso es precisamente lo que querría saber, ¿cómo sé que es un padrastro adecuado para mi hija?
—¡Pensé que confiabas en mis decisiones!
—¿Tus decisiones?
—Puede que cuando tuviera diecisiete años me equivocara, pero he madurado desde entonces.
—Tú te impones cuando ya no puedes más, pero nunca te he visto enojada de verdad.
—No tientes a la suerte.
—Sólo estoy pensando en el bien de Lucia y en el tuyo.
—Puedo cuidarme sola, gracias, y también de Lucia. Sabes que no me arriesgaría a hacerla infeliz.
—Conscientemente no, pero el amor puede hacer que te equivoques.
—Tú qué sabrás.
—Un poco —admitió riéndose—. Yo no estoy enamorado de Tomas, quizá si lo conociera...
—¿Crees que es necesario? —preguntó Marizza.
—Cualquier día coincidiremos por casualidad. Si quieres que coopere…No voy a dejar a mi hija en manos de alguien a quien no conozco.
—¡No vas a dejarla en manos de nadie! Voy a estar yo a su lado, como siempre
—Si él va a ser su padrastro es algo parecido.
—Él ha criado a su hija sin ayuda de nadie.
—Dijiste que ése era el problema.
—Dije que era una complicación —protestó Marizza—. No sé cómo van a llevarse las dos niñas.
—¿No se conocen todavía?
—No.
Ella había visto a Brenda varias veces, pero no había podido acercarse mucho a ella. Por lo que Tomas había dicho, estaba en la fase adolescente en la que se rebelan contra todo.
—Los dos sabemos que tenemos que darles tiempo, que tienen que acostumbrarse a la idea.
—¿Y si no se gustan?
—Intentaremos solucionarlo en ese caso de la mejor manera. Lucia no es una niña difícil de tratar.
—Brenda es mayor. ¿Y si le molesta Lucia?
—No es muy probable —protestó Marizza—. Sería más probable que la ignorara por ser más pequeña.
—¿es hija única?
—Sí, así es.
—Entonces, estará acostumbrada a tener la atención de su padre sólo para ella, puede sentir celos de Lucia.
—Yo me ocuparé de ello —le aseguró Marizza con un matiz paciente en la voz—. Y estoy segura de que Julian se daría cuenta y no permitiría que fuera un problema.
—Brenda es su hija, ¿y si se pone de su parte?
—¡Por Dios, Pablo! Todos esos problemas son una suposición.
—Tienes que estar preparada para ellos —avisó Pablo—, son normales en las familias.
—Quizá puedas aconsejarnos tú —sugirió, con un matiz de sarcasmo en la voz—, ya que sabes tanto de estas cosas.
—No estoy diciendo que sepa nada especial, pero he visto a bastantes amigos en situaciones parecidas y he leído algún artículo sobre ello. En teoría, es algo que no te será nada fácil.
—¿Crees que estos diez años han sido fáciles para mí?
Marizza notó a Pablo repentinamente tenso, como si ella le hubiera acusado de algo.
—He hecho todo lo posible para ayudarte —apuntó Pablo.
—Lo sé, has hecho más de lo que cualquier hombre habría hecho en circunstancias parecidas y te lo agradezco...
—Estaba en deuda contigo... y con Lucia.
—Admito que estabas en deuda con Lucia, pero habría sido fácil marcharte. Y eso es lo que todo el mundo habría esperado que hicieras.
—Tú me conocías bastante bien —declaró, con los labios apretados por la tensión.
—Tú tenías diecinueve años, habría sido comprensible, pero ahora también podrías ayudar a Lucia a a tener una familia normal.
—¿Me estás diciendo que sólo lo haces por Lucia?
—No, no estoy diciendo eso, pero es una parte —dijo, ruborizada ante la mirada burlona de Pablo.
—Sé sincera, Marizza, lo único que quieres es acostarte con ese Tomas, y quieres que yo consiga que Lucia te comprenda.
—¡Eso es una tontería! ¡Además, no es cierto!
—Siento haberlo dicho tan claramente. No vas a decirme que el sexo no tiene nada que ver, ¿no?
—El sexo es una pequeña parte del amor. Hay cosas mucho más importantes.
—¿De verdad? Dime cuáles.
—Respeto, cariño, compartir...
—¿Tomas cree que el sexo no es importante?
—Yo no he dicho que no sea importante.
—Me has dicho que es una pequeña parte del amor. Eso suena a que no le das demasiado valor.
—Es algo que he aprendido contigo —dijo con acritud—, ¡que el sexo por sí sólo no vale nada!
—¿Lucia no vale nada?
—La quiero más que a nada en el mundo, y lo sabes, pero entonces no pensábamos en tener un hijo —replicó. Los recuerdos hicieron que su pulso se acelerara momentáneamente.
—Eso no significa que no tuviera valor, en ese momento fue algo muy importante para mí. Tú eras dulce y cariñosa y yo me sentí... muy agradecido.
—Tú estabas borracho —le recordó sin piedad—, y sentimental. El asunto es que Lucia existe y voy a hacer lo mejor por ella, pero yo también tengo necesidades.
—¿Necesidades? —repitió, examinando la cara de la muchacha, sus mejillas rojas.
—Me gustaría tener una familia de verdad, quiero casarme.
—Yo te he ofrecido matrimonio más de una vez.
—Y yo te agradezco la oferta, Pablo, pero no funcionaría.
—¿Cómo sabes que no iba a funcionar? Nos llevamos bien.
Y era verdad cuando iba a por Lucia, o a dejarla y se quedaba a comer. Y en las raras ocasiones en que había conseguido que Marizza se uniera a ellos cuando iban a visitar algún lugar, pero él nunca había querido de verdad casarse con ella, todo lo había hecho por Lu.
—Nos llevamos bien —admitió Marizza—, o al menos todo lo bien que Emma necesita. Pero es diferente compartir una casa y...
—Y una cama —terminó Pablo.
Ella no pensaba decirlo, pero no protestó.
—De acuerdo —dijo bruscamente Pablo—. No prometo nada, pero lo pensaré. No voy a intentar influir en Lucia hasta que conozca a ese hombre.
Lacey pensó que no podía pedir más. Había estado siempre agradecida de que Pablo se pasara tanto tiempo con la niña, eso demostraba el amor que sentía y la preocupación, así que no podía quejarse.
—Haré algún plan.
—De acuerdo, hazlo.
Pablo tomó su chaqueta y se la colgó al hombro. Marizza creyó ver un matiz calculador en sus ojos mientras la miraba fijamente unos segundos.
Quizá pensaba en qué habría encontrado Tomas en ella, pero ningún hombre iba a entorpecer su decisión.
—Llamaré a Lucia para decirle que te vas.
Como siempre fueron juntos hasta el coche, Lucia lo abrazó y luego esperó a que su madre lo besara como siempre. Marizza esperó el acostumbrado beso en la mejilla, pero en lugar de eso él la besó en los labios.
Marizza retrocedió, y vio que Pablo la miraba con una mezcla de desafío y curiosidad en los ojos. Luego se volvió bruscamente y se metió en el automóvil, cerró la puerta y dijo adiós con la mano a Lucia.
Marizza se quedó mirando perpleja al coche que se alejaba. Su corazón palpitaba deprisa y sentía todavía la huella de su beso en la boca.
¿Qué había querido decir con eso?

Capitulo 3
—POR supuesto que quiero conocer al padre de Lucia —declaró Tomas—. Ella es pequeña todavía y es lógico que se preocupe por su bienestar.
—¡Eres tan encantador! —le contestó Marizza, agradecida.
—Gracias, me alegra que pienses eso. Espero que tu hija piense lo mismo en algún momento—añadió, acariciando la mejilla de Marizza con la boca.
Marizza lo besó y dejó que abriera su chaqueta y tocara su cuerpo, disfrutando del placer de las sensaciones que provocaba en ella.
Después de unos minutos Tomas se apartó, respirando pesadamente.
—Soy mayor para hacer esto en un coche, ¿me vas a invitar a entrar?
Tomas debió de notar la duda de Marizza, y ella notó que él iba a despedirse.
—Sí, si quieres, pero...
—No quiero presionarte para que vayamos a la cama —le aseguró—, respeto por completo tu punto de vista. Cuando tienes una hija, es muy importante vivir de acuerdo a los valores que le enseñas.
—Te haré un café —ofreció Marizza, abriendo el coche.
Cuando Tomas se fue media hora después, ella lavó las tazas de café y se dijo a sí misma que el sentimiento de insatisfacción y vacío que tenía en esos momentos se debía a la frustración física.
Había estado reprimiendo su sexualidad durante muchos años, deliberadamente y no sin dificultad. Tenía una hija y ésa había sido su prioridad, y una relación estrecha con un hombre sólo habría complicado su vida. Así que había intentado mantenerse activa, y, aparte de cuidar de Lucia, había estado tomando cursos de informática para poder trabajar desde casa. En esos momentos, iba a terminar un curso de tres años sobre administración de empresas.
Pablo había seguido con curiosidad sus estudios y su constancia, y ella estaba agradecida por su ayuda, ofrecida libremente desde la experiencia que él tenía por haber estudiado en la universidad y dirigir una empresa propia. Lo único que ella no había querido había sido trabajar en su empresa, sintiendo que podría confundirse con caridad.
Pablo había sido el único hombre que había tenido un lugar en su vida, y había sido de una manera puramente platónica. De otra forma habría sido doloroso y destructivo, y ella no podía arriesgarse, tanto por ella misma como por su hija.
Ocasionalmente, algunos hombres habían querido mantener una relación con ella; algunos habían creído que le hacían un favor y se habían sorprendido mucho al ser rechazados. Tomas había sido una persona con la que se podía hablar bien, sincero y agradable, sin ningún intento de acercarse físicamente a ella. Ambos tenían en común el tener hijos sin pareja.
Ella se había asombrado al saber su edad, ya que tenía un rostro alegre y suave, de pelo castaño liso peinado hacia atrás, desde una frente alta, y un cuerpo alto y delgado, que le daban un aire juvenil.
Se conocían hacía un año cuando comenzaron a salir juntos, y él la había tratado con cortesía y caballerosidad, siempre dispuesto a retroceder si ella creía que iba demasiado rápido.
Esa noche Justo antes de que se fuera, ella reprimió un impulso de sugerir que se cambiaran al sofá que había en el salón. Pero la necesidad que tenía de ser abrazada, de sentirse cerca de alguien, y el contacto de un hombro masculino sobre el que apoyarse, podría ser interpretado como una invitación para ir más lejos de lo que quería. Y no era justo provocar en Tomas esperanzas que no quería satisfacer.
Marizza se tiro en la cama suspirando. Por supuesto que ella haría el amor con Tomas, había prometido casarse con él cuando sus hijas respectivas aceptaran la idea. El sexo con Tomas sería... agradable. Estaba segura de ello.

Marizza había sugerido que Tomas fuera a cenar la próxima vez que Pablo viera a Lucia. De esa manera, pensó que Lucia vería que Pablo no se oponía a que su madre tuviera un amigo, y ellos tendrían oportunidad de conocerse cuando la niña se acostara.
Tomas llegó muy temprano, y cuando Pablo y Lucia llegaron, estaba sentado en la mesa de la cocina. Iba con unos pantalones grises, un jersey amarillo y una camisa amarilla, y había estado bebiendo vino blanco mientras Marizza preparaba una salsa en el horno.
Marizza, los presentó.
—Tomas, éste es Pablo Bustamante
—Me alegra conocer al padre de Lucia —contestó Tomas, levantándose y extendiendo la mano.
Pablo asintió y chocó brevemente la mano. Su pelo rubio tenía gotas de lluvia y parecía traer el frescor y el aire limpio y oloroso del campo con él.
El gato, un animal grande con pelo largo, con el cuello, las patas y el morro blanco siguió a Lucia dentro. Ella lo tomó en sus brazos y Pablo se acercó para acariciar las orejas de terciopelo, sin dejar de mirar a Tomas que se había sentado de nuevo en la mesa.
—Lucia , puedes dar de comer a Ruffles ahora, antes de quitarte la chaqueta —sugirió Marizza—. Pablo, ¿quieres tomar algo?
—Sí —afirmó, mirando al vaso vacío de Tomas—. ¿Te sirvo un poco a ti? ¿Qué tomabas?
—Vino blanco, gracias.
—Está en el frigorífico —aclaro Marizza—. Yo también tomaré uno —aseguró, revisando el asado del horno.
Pablo dejó el abrigo sobre una silla y tomó una copa del armario, la llenó de vino blanco frío y se la ofreció a Marizza, luego llenó el vaso de Tomas y se sirvió un whisky para él.
—¿Por qué no vamos al salón? —sugirió Marizza.
La cocina era un poco agobiante, aunque Lucia había tomado la comida del gato y una cuchara y se había ido fuera.
En el salón estaba la chimenea encendida. Tomas fue hacia una de las sillas cerca de ella, Pablo permaneció de pie cerca de otra y Marizza se hundió en el sofá. Para sorpresa de Marizza, cuando Tomas se sentó en la silla, Pablo se acercó al sofá y se sentó con ella, echándose sobre el extremo con el brazo detrás del respaldo.
La muchacha se quedó mirando su copa y escuchó hablar a Pablo.
—Marizza me ha dicho que eres abogado. ¿Trabajas en juicios?
—No, no es mi campo —la voz de Tomas era precisa y agradable—. Hago convenios, transferencias de propiedad y esas cosas.
—Entiendo.
—Marizza no me ha dicho en qué trabajas tú —quiso saber Tomas.
Marizza miró hacia arriba al notar el matiz ambiguo en la voz, y observó que Tomas miraba los pantalones gastados y la camisa informal que Pablo llevaba.
—Yo hago equipos de salvamentos para el mar —explicó—, o por lo menos es lo que hace la empresa.
—¿Qué empresa?
—Bustamante e hijos.
—¿Una empresa familiar?
—Así es —afirmó Pablo después de unos segundos, había sido un negocio familiar fundado por el abuelo de Pablo, pero Marizza sabía que en esos momentos Pablo era el propietario de la sucursal de Buenos Aires, comprada a su padre que vivía y dirigía las fábricas de Montevideo.
—Creo que leí algo sobre ello hace poco —murmuró Tomas—. Estáis intentando hacer una nueva rama, aparte de la fabricación de chaquetas salvavidas y botes de rescate, que se dedique a fabricar unos tubos de un material de lana y goma que retenga los vertidos de petróleo en el mar.
—Sí, y que además los recoja.
—Suena muy interesante, sería una verdadera contribución a la preservación de la naturaleza.
—¿Has llevado a Lucia a montar a caballo de nuevo? —preguntó Marizza, intentando decir algo que llenara el silencio repentino.
Pablo sonrió y la miró a los ojos.
—Deja que se divierta, además es verdad que monta muy bien.
—¿Sabes montar a caballo? —quiso saber Tomas con interés.
—Estoy aprendiendo a montar con Lucia.
—Eso de compartir los intereses de Lucia está muy bien, es un detalle, Pablo —dijo Tomas, sorprendido.
—Gracias —replicó, mirando a Tomas de manera sospechosa—. La verdad es que a mí también me gusta.
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MensajeTema: Re: Marido Ideal   Mar Nov 25, 2014 4:24 pm

quieroooooo mas capítulos siii bounce
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MensajeTema: Re: Marido Ideal   Lun Ene 26, 2015 5:11 am

si por favor baja mas capitulos
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